Cómo empecé a componer canciones sin saber música
Siempre me hace gracia cuando alguien me pregunta cómo compongo.
Porque la respuesta es corta, empecé sin tener ni idea.
No sabía tocar la guitarra, no sabía lo que era un acorde, no sabía sentarme delante de un piano, pero las canciones ya estaban ahí.
La gente piensa que primero aprendes música y luego escribes canciones. A mí me pasó justo al revés.
Las primeras canciones nacieron grabando notas de voz en el móvil. Cada vez que se me ocurría una melodía la grababa. Da igual cómo sonara: tarareos, palabras inventadas, inglés inventado o un beatbox haciendo de batería.
Más de uno se reía al verme por la calle grabando esos ruidos. Yo también me habría reído. Pero entendí algo muy pronto: la inspiración llega mucho antes que la técnica.
Más tarde empecé a producir. Me descargué Ableton, vi tutoriales y descubrí otra forma de escribir. Montaba un loop, abría un type beat e improvisaba encima durante horas.
Aprendí muchísimo, pero también empecé a notar un límite. Los acordes ya estaban elegidos. Muchas veces sentía que la canción había tomado decisiones antes que yo.
Así que aprendí a tocar la guitarra.
No por disciplina. Por envidia.
Cuando monté mi primera banda veía a los músicos probar acordes, cambiar una progresión, discutir ideas... y yo solo esperaba mi turno para cantar.
Un día cogí una guitarra y empecé a imitarlos.
No quería convertirme en guitarrista. Solo quería poder hablar el mismo idioma.
Y creo que fue ahí cuando las canciones empezaron a sonar realmente mías.
Hoy puedo decir que no existe una forma correcta de escribir una canción.
Unas empiezan en una nota de voz. Otras con la guitarra entre las manos. Otras nacen a partir de un loop de Splice.
Ninguna es mejor que otra.
Solo son puertas distintas para entrar en la misma habitación.